sábado, 28 de febrero de 2009

UN RECUERDO DE AMIGO ahora que todo parece volver a estar EN SU SITIO

Un recuerdo a la lectura-recital que compartimos aquel día, y a uno de los poemas suyos que más quiero, aunque no sea el mejor, que no lo sé, es muy cercano.

Todo volverá a estar en su sitio,
de Marta Muñoz.

Y todo, volverá a estar en su sitio
La higuera, creciendo lenta, como cada verano
La tierra mullida del jardín y la pared de musgo
Remedios, que vendrá para endulzar su vejez con nosotros
Y que nunca sabrá cuanto bien me hacen
Su infinita calma y su voz de sol
El viento, resbalando en mi pelo al caer la tarde
Y esa sensación de conocer el horizonte sin abrir los ojos.

Todo estará en su sitio
Cuando otra vez la lluvia de estrellas
Me sorprenda en la misma hamaca
Con los pies desnudos de sueños y el corazón humedecido
Y el ladrido de Zoe, al despertarme
Como un presagio de día claro sobre mi piel aún dormida

Y la risa de mi hermana...
Su risa, frivolizando el vértigo
De sentirnos los mismos, a pesar del tiempo
De ser los mismos solos frente a la vida
Que nos ha visto sacudirnos las mareas y empezar de nuevo
Para seguir, con el único aliento inquebrantable de permanecer iguales
Aunque todo cambie de lugar

Sé que todo volverá a estar en su sitio
Dentro y fuera de mis variables contornos
Porque así ha sido siempre
Mi mirada sobre el papel, y mis ganas de escribir

LOS CUENTOS MAS BREVES DEL MUNDO; DE ESOPO A KAFKA

Éste libro se presentó ayer y lo recomiendo como punto de apoyo para el aprendizaje en la escritura de cuentos breves. Detrás de todo gramn escritor, suele haber un gran lector, aunque haya excepciones. Se puede encontrar en el centro de Arteduna en Campomanes 6, 5 dcha. Cuentos que van, desde la visión a través de la naturaleza y la fabula de los relatos esópicos, hasta la rareza genial de los cuentos de KAFKA, pasando por toda la tradición anglosajona y europea del relato. Que lo disfrute quien lo compre, y le aproveche de verdad.

TAÑIDOS DE SENSIBILIDAD PERFUMANDA POR EL RECUERDO

Este relato de Antonio Sanchez Diego es una muestra de su sensibilidad, es la señal de que quizá la civilización pudo algun día nacer en su casa de occidente, antes que en ningun sitio. Pongamos que hablo de Salamanca, la Roma de Castilla. La capital vettona de los prehistóricos señores del ganado.

Tañidos de campana por Antonio Manuel Sánchez Diego

No dejes pasar el momento fugaz, en que palpita la existencia en un instante, en que sientes tu cuerpo y no añoras nada, porque estás consciente. Yérguete a la cima del camino y párate, verás el horizonte teñido de tiempo, de un tiempo presente. El horizonte no tiene color definido, solo tiempo que no pasa; no hay final en él, solo un destino incierto, atractivo y desafiante. Quien lo mira, trata de descifrar sus entrañas, su densidad y espesura que no deja ver el final. Pero ese es el precio de su belleza que, como todo lo bello, se acerca para que te asombres, zarandeándote con la suavidad de unas aguas estancadas. Déjate zarandear por su inmensidad que es única, como todo aquello que resplandece callada y majestuosamente en el recuerdo.



Aquel día, estaba yo tomando una copa de vino tinto en una cafetería, mis manos la tenían cogida por el pie estilizado que sale de su base, haciéndola girar en una y otra dirección, al tiempo que miraba atentamente su contenido color nazareno. Observaba la corona que forma la superficie del preciado brebaje junto al cristal en su parte interior y buscaba inconscientemente a través de su transparencia el fondo de la misma. En este preciso instante percibí su olor, era un olor penetrante y agradable que estuve saboreando un buen rato. Luego me fui dando cuenta de que ese olor me iba descubriendo algo que no acertaba a comprender y a base de pensar que me estaba ocurriendo, vino a mi memoria un recuerdo de mi niñez. El olor había despertado mi memoria.: Yo era un niño que no había llegado aún a la adolescencia cuando me enseñaron en mi casa a graduar el vino que llegaba a nuestros almacenes procedentes de otras bodegas. Era un voto de confianza que, a mi personalmente, me daba seguridad. Y me aplique a tal tarea con tanta disciplina que llegué a poder discernir lo que era mejor y lo que no lo era tanto. Aprendí a oler el interior de las cubas para saber su estado y a mirar a través del cristal de los vasos la transparencia de los diferentes colores. Aprendí a graduar el vino y creo yo que algo mas que el vino que solo olía y miraba. Yo creo que aprendí a discernir el vino y a disfrutar de otras cosas, como por ejemplo la del silencio que provocaban los catadores a la hora de la prueba.

El olor de la copa de vino que estaba mirando en este momento, estaba produciendo en mi una transformación. Sonó tan intensamente dentro de mi el eco interior que, el silencio de fuera me parecía un estruendo. Inmóvil, casi imperceptible a mis movimientos, me puse a escuchar el sonido intangible de mis sensaciones. No quería salir de él, no quería volver atrás, no quería la diversidad, solo deseaba, si es que podía, el vacío insoslayable de la unidad.

Escuché con atención, escuché una y otra vez la vibración interior y siempre aparecía el olor embriagador de la verdad lejana. Pero, sabiéndome aún no consciente de ella, escudriñe por el camino de la silenciosa soledad por si podía discernir alguna claridad. Y así me aparecieron imágenes de aquellos tiempos, imágenes encantadoras e inolvidables, como las del anciano que me visitaba casi todas las tardes a tomarse en mi compañía un vaso de vino que yo le regalaba a cambio de su compañía. Algo inclinado por la leve cojera que le obligaba a llevar bastón, transmitía a través de su mirada la sabiduría de los años vividos. Sus ojos llorosos contenían lágrimas en sus párpados que los convertían en claros y serenos. Yo recuerdo su mirada en este momento como si fuera ayer, por su autenticidad, por su elegancia, por su aceptación, y digo aceptación porque nunca le vi caer las lagrimas que se mantenían en equilibrio con su vida. Tantas otras imágenes se sucedían cada vez que percibía el olor, si bien persistía la del anciano.

Giré la copa con fuerza suficiente cómo para que el vino adquiriese un movimiento circular y de vaivén que, le hacía subir y bajar de una parte a otra cómo si se tratara de una ola. Me quedé mirando la oscilación del movimiento que no cesaba pero, al disminuir su inercia, lo hacía de tal manera que creó un ritmo de sosiego creciente en mi, conforme iba consiguiendo su forma plana de equilibrio. Cuando lo consiguió, me quedé estático, mirando al fondo de la copa a través de la superficie. Yo, había conseguido también un equilibrio a través del vino y su color. Volví a ver al anciano sentado en una cuba junto a mi, nos separaba un vaso de vino al que le faltaban algunos sorbos. La cuba, no era grande, lo que permitía sentarnos con una determinada comodidad. El tapón de corcho que cerraba la boca, sobresalía un poco y él lo tocó con un dedo en una zona especialmente manchada de vino que, se llevó a la nariz para expresar una sonrisa de aprobación.. No dijo nada, solo una sonrisa esbozaron sus labios, inundándole la cara de alegría. Yo, me sonreí también y le acerqué el vaso de vino, invitándole a beber. El lo cogió con sus manos temblorosas y tomó un sorbo, después de haberlo olido. Era la conversación de un niño y un anciano en una bodega, una conversación callada pero, llena de contenido. Aquel lugar, iba a marcar en mi, un antes y un después : El olor del vino, la conversación silenciosa, la sabia mirada de unos ojos serenos y el equilibrio de unas lágrimas contenidas. Todo ello, por nada, solo el destino.



Removí un poco la copa nuevamente, y como si hubiera pasado página vi al anciano representado por detrás, era la imagen de cuando se iba después de despedirse. Su andar era lento y cadencioso como una melodía. La visera calada, la chaqueta y el pantalón de pana acompañaban su cuerpo en cada movimiento con su mirada al frente que yo intuía. Cada paso que daba, hablaba, dibujaba en el suelo el leve rastreo de su pierna mala y según iba desapareciendo de mi vista, veía dibujada en el horizonte su espalda inclinada y la iglesia situada al fondo de la calle. La campana comenzó a sonar para la oración del atardecer, y el ritmo de su sonido, coincidía con los pasos del anciano. Un paso : un sonido; cada movimiento de sus piernas: un balanceo de campana; cada movimiento: un verso; cada balanceo : una canción. Una imagen sencilla para no olvidar, para mantener en el recuerdo. El último tañido de campana, coincidió cuando su cuerpo desapareció en mi pequeño pero querido horizonte.

Miré por última vez la copa de vino, ya no la giré mas, me había bastado su olor para remover mis recuerdos, su color para desvelarlos y de esta forma poder volver a oír algún tañido de campana de mi memoria que yo agradecí.

Antonio Manuel Sánchez Diego

UN ALMA BELLA, SINCERA Y SENCILLA

Esa es el alma de Sacha Martinez, el primer gran cuentista que ha llevado a cabo una lectura de sus relatos en arteduna. Este relato es una muestra de esa alma que le rezuma por los poros de la piel.

¿Dónde estás Totó? por Sacha Martínez

Antes de que naciera S. mi único compañero había sido un elfantito de peluche llamado Totó. No recuerdo claramente su color ni su tacto, sólo su trompa erguida y dura. No podía dormir si no lo tenía cerca, agarrado. Tampoco iba a ninguna parte sin llevarlo conmigo. En aquel tiempo yo aún era un ser humano libre, no había comenzado mi condena escolar. Esto ocurrió, si no me equivoco, poco antes de empezar el colegio.

Un día mi madre nos llevó a los dos en el coche, no sé dónde. En algún momento S. me pidió permiso para coger a Totó; accedí, no sin protestar un rato. En el trayecto de vuelta a casa me di cuenta de que lo había perdido, odié a S. intensamente, me sentí desamparado. Lloré con fuerza, lo busqué por todo el coche y por toda la calle hasta entrar en casa.

S. y yo nos quedamos en mi habitación. Hice todo lo posible para que se sintiera incómoda, pretendía demostrarle mi inmenso dolor. Por la noche vino Mamá V. y se la llevó. Al despedirse me contempló largamente y vi en sus ojos algo que no he vuelto a ver en nadie, salvo en otra ocasión (infinitamente más dolorosa que ésta), muchos años después y en esos mismos ojos: empatía.

A pesar de todo aquella noche no tardé en dormirme, pero hasta entonces me revolví sin cesar en la cama; me preguntaba dónde estaría, si lo habría recogido algún niño o algún hijo de perra. Qué clase de existencia le aguardaba a partir de ahora, sin mi protección. Y lloré sin descanso hasta que me dormí.

Por la mañana un ruido me despertó. S. había entrado en mi habitación. Se acercó a la cama y me tendió un pequeño peluche, un conejo amarillo. " Se llama Totó ", dijo.

REFUGIO PARA UN HERIDO

Cuando la vida nos maltrata, tenemos el recurso de acudir a los recuerdos. Se convierten entonces en un bálsamo, que expresa este profundo y atinado poema de Miguel Cazorla:

El recuerdo de la infancia
Miguel Cazorla

el recuerdo de la infancia
la mirada al interior
el regreso al origen

muchachos de manga larga corretean por las calles
montones de hojas se agolpan en el suelo
marrones, ocres, amarillos
apacible escenario de mi niñez

momentos de café y manta
de tinta y papel
de refugiarse dentro
a la espera de mejores temperaturas
y más cálidas palabras
ahí fuera

los paseos de viento y chaqueta
el brasero de carbón
las castañas, la matanza
mi pueblo

evocaciones de otoño
y todo tan parecido
a la palabra
melancolía


Y añado yo, aunque no lo necesita:
TAN CERCANO a las palabras, PARAISO DE LA MEMORIA.

QUE VENGA LA LLUVIA A LAVAR NUESTRAS HUELLAS de un camino equivocado.-

Este poema de J.C. Diaz nos da la medida de lo qiue significan la naturaleza y la casa natural de nuestra especie, para el espíritu que habita hasta en los corazones más coriaceos.

Llueve
Juan Carlos Díaz

Llueve. Ha dejado de llover.
La hierba está encharcada. La pisada
expulsa agua hacia la superficie. En la montaña
la niebla se dispersa como bocanadas de humo.
Los pájaros (gorriones y rabilargos) comienzan a salir.

Es un prado liso, tan liso
que obliga a los charcos a formarse en las lindes,
las mismas sirven luego, en verano,
para regar las huertas. El prado está vallado
de piedra, donde se crían, con la pureza del aire
musgos de verde ceniciento. Si presionamos con los dedos
expulsan el agua de su interior.

Un iglesia linda con el parque infantil.
En breve se llenará de niños desobedientes,
incapaces de aceptar la prohibición "de tener
cuidado para no mojarse". Llegarán a casa
empapados y todo pasará con una regañina
y algún constipado.

El aleteo de los pájaros, el marchar de las nubes,
el correr del agua por las laderas,
el goteo de las hojas de los árboles,
el griterío de los críos
y los motores de los vehículos, se concentran en el aire,
como si la humedad fuera pequeños cubitos
de presente armonía completa.

No encontré lágrimas para mis ojos,
ellas estaban donde siempre quisiseron estar

en el prado, en la ladera, en la lluvia y en las nubes.


ES LA CASA DE JUAN CARLOS de lo que nos hablan los poemas de este sublime escritor, la casa que es de todos, pero de la que solo unos cuantos heroes, como Juan Carlos, se hacen responsables.

SuBIR Y BAJAR

Para los que hayan estado en un hoyo, en un pozo, en una sima abisal del anima, este poema de J.C.Diaz puede ser un sabio resumen de lo que es a veces la vida. Recuerdo el cuento de ayer en que el lobo, -siempre el lobo es el tonto en todas las mitologías y leyendas, orientales y occidentales-, se fia del zorro,-siempre el listo. Aunque en la realidad siempre sea el lobo el que se come al zorro. Aquí está el poema:

El eco de los pozos
Juan Carlos Díaz

A todos los que están en un pozo,
profundo, oscuro,
donde habitan las feas
desviaciones, inmundicias humanas,
en aguas defecales,
cenagosas. Horribles nidos de seres
deformes, ansiosos
de instinto humano. Nidos de irracionalidad
lunáticas y atroces
frecuencias,
nidos de monstruos
sin vida, sin latidos
sin descendencia.
A todos, digo, los que están en el pozo
profundo, en la oscuridad,
a todos los envío el recuerdo
de momentos soleados en la superficie,
de brisas suaves,
de cantos festivos,
de la expasión de las semillas,
del brotar de las ramas,
del balanceo
de hombres y mujeres caminando del brazo,
de amores perdidos y amores por ganar,
de niños que se esconden bajo una escalera,
de niños que giran su mirada al cruzarse.
De amigos perdidos y amigos por ganar.

Los pozos tienen paredes,
y aunque húmedas,
siempre queda un asidero para trepar.

Y no hay trepar que no produzca
algún dolor de brazos.